03-02-2006 –
VIEJO Y DOLORIDO ESPINO
En el entorno de Arantzazu hay muchos espinos como éste. Con la piel cuarteada y sin esperanza de la flor blanca. Espinos secos, que recogen el dolor y la desesperanza de tantos caminos y caminantes. Espinos, en cuyas ramas se llora la vida, el sufrimiento, la muerte. Espinos en cuyas ramas se retuerce la impotencia de una humanidad que desespera de sus caminos, de sus injusticias, de su futuro. Estas ramas secas se rompen en tantos sueños de paz rotos por la cerrazón. Estas ramas se secan y mueren en tantas víctimas del terrorismo, de las guerras injustas, de la violencia doméstica, de la injusticia de nuestras calles opulentas. Estas ramas de espino se retuercen de dolor en las carreteras de fin de semana. La muerte de estas ramas del viejo y dolorido espino llega hasta las mismas raices, hasta el fondo de la ilusión, hasta los fondos donde se vive y se muere, hasta el corazón que goza de ilusión y sufre de impotencia.
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Este espino es la imagen de nuestra sociedad. En medio de tanto avance y progreso, estamos viviendo tiempos de sequía, de impotencia. ¿Por qué tanta guerra y destrucción? ¿Por qué tanto abuso injusto de los recursos de la naturaleza? ¿Por qué tanta dificultad para entendernos y convivir? ¿Por qué la violencia contra las mujeres? ¿Por qué tanta muerte absurda en las carreteras? ¿Por qué tanto derecho conculcado? ¿Por qué no podemos hacer la paz?
Es invierno. El egoismo va minando la vida de los pueblos no desarrollados. Los ricos vamos robando la esperanza a los pobres. Los intereses políticos dejan sin posibilidad de maniobra a los intentos de sentarnos a hablar. La violencia de todo tipo nos roba el aliento y nos desanima. Nuestro afán de grandeza y nuestra ceguera convierten en armas de matar el volante, la casa, el trabajo, el petroleo... Evidentemente, es invierno.
Pero, junto a este espino seco y sin futuro, pronto florecerán otros espinos. Aparecerán esas flores blancas que hablan de la primavera de la vida. El invierno es ese vientre donde todo comienza a revivir. Y nos toca «esperar»; es decir, trabajar intensa y ocultamente bajo la tierra helada del invierno, para que nazca la primavera. Florecerá el espino. La esperanza revivirá. En medio de tanto mensaje de muerte e impotencia, tiene que nacer una sociedad nueva que consolide los derechos humanos y salve el valor inquebrantable de la persona. ¡Este viejo y dolorido espeno tiene que florecer!
IÑAKI BERISTAIN (Revista Arantzazu)

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